PRÓLOGO

      Los océanos influyen en la vida humana en una gran diversidad de formas. Los contrastes del clima se ven disminuidos en gran parte por las corrientes marinas que, con su alta capacidad calorífica, suavizan la temperatura y contribuyen a la redistribución del calor desde el ecuador a los polos.
En este sentido hoy en día parece además necesario considerar el hecho de que la gran cantidad de combustible fósil, que se quema en el planeta, sea una de las posibles causas del aumento de la temperatura del aire, debido a que sus residuos empiezan a permanecer en la atmósfera en una densidad tal, que lentamente se va aproximando a la capacidad de absorción de dióxido de carbono por los océanos.
Todo lo anterior influye en la vida humana a través de complejos fenómenos, no siempre suficientemente conocidos, que controlan la transferencia de calor entre el aire, el hielo y los mares y podrían estar en la base de lo que hoy se considera un posible y preocupante cambio climático de origen antropogénico.
Pero además de condicionar el equilibrio térmico, los océanos son el entorno donde se desarrolla la mayor riqueza biológica del planeta. Desde los tiempos más remotos las sociedades humanas han buscado una parte de su alimentación en los mares y han puesto las bases, al sucederse los siglos, para exportar sus recursos a otras zonas y hacia el interior de los continentes, facilitando con ello el desarrollo de las técnicas de conservación y las comunicaciones.
Las riquezas y recursos de los océanos son muy variados. El mar ofrece al hombre alimentación, materias primas y energía, es también una vía de comunicación, un espacio estratégico y una fuente de esparcimiento, junto con su asociación a una calidad de vida tan ofertada hoy por la tecnología moderna.
Podemos hablar, por tanto, de recursos biológicos, minerales, energéticos, industriales, comerciales y de recreo o bien, según su capacidad de regeneración, de recursos renovables y no renovables. En contrapartida, y desgraciadamente, el mar es también el último vertedero de los desechos de la gran mayoría de las distintas actividades humanas, olvidando que las plantas y los animales dependen también de un suministro continuo de recursos para satisfacer sus necesidades biológicas.
Resulta paradójico que en la naturaleza el cambio sea la condición imprescindible para el equilibrio. En esta línea los estudios de la biodiversidad se están considerando prioritarios, no sólo para la abundancia de las especies, sino para la propia estructuración del sistema y la reserva genética que transporta. La biodiversidad se muestra, hoy en día, como una excelente herramienta para sostener la salud del ecosistema, dada su extrema sensibilidad a los procesos degenerativos o regresivos.
Como vemos a lo largo de nuestra historia los océanos han servido para unir los pueblos, facilitando su comercio y la migración de las poblaciones generando el entorno de sus costas, hoy en día, el ‘habitat’ natural que concentra gran parte de las poblaciones con edificaciones costeras, que si no están adecuadamente estudiadas, pueden potencialmente afectar, no sólo al paisaje, sino que al alterar las corrientes y vientos pueden variar el asentamiento de las arenas en las playas y con ello al equilibrio natural de su medio ambiente.
Y hoy, con el deseo de estudiar estos y otros temas relacionados con el Océano y la tecnología oceánica, se reúnen en la Universidad de Cádiz, siempre abierta a los mares, un núcleo considerable de científicos, técnicos e industriales que trabajan en el entorno marino tratando de dar respuesta, desde la ciencia y la tecnología, a la preservación del medio ambiente y a los problemas que nuestra sociedad encuentra, en su búsqueda de un desarrollo compatible con el futuro del planeta.

Universidad de Cadiz Junio de 2005

Manuel Catalán Perez-Urquiola
Presidente del Comité Científico

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